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Stalkerzonear

v. tr.

Un muchachito o muchachita (según la preferencia de cada quien) te agrega de la nada o casi en facebook, twitter, instagram o la red social que más te gusta. En seguida empieza a likear (favear, lo que sea) absolutamente todo lo que posteás.
Quizás es un presentimiento, quizás es la narrativa dominante de cómo supuestamente uno conoce a alguien en internet, pero por un momento el muchachito o la muchachita pareciera tener cierto interés en vos. Según esta narrativa, el likeo compulsivo sería una primera instancia tímida de acercamiento, la semilla de un diálogo que se volverá personal, directo, y privado. Eso dicen tus amigos cuando les comentás el caso por chat. 
Nada de eso sucede. A vos no te gustaba pero te halaga la posibilidad de que él guste de vos y la verdad es que parece más o menos copado. Si te invitara a tomar una birra no dirías que no, pero no sabrías cómo iniciar una conversación ni creés que sea responsabilidad tuya. Así que ya fue, si te quiere hablar te hablará. 
Se vuelve ubicuo. Despotricás un martes a las 4 de la mañana. LIKE. Recomendás una peli. LIKE. Foto con las pi el sábado a la noche. LIKE. Video de tu nueva canción preferida. LIKE. Invitación a un evento que organizás. LIKE. Chiste interno que no debería entender. LIKE. Se murió mi perro. LIKE. Aguante Hitler. LIKE.

¡Enhorabuena, has sido stalkerzoneada! O mejor dicho, este sujeto se ha autostalkerzoneado, ha decidido permanecer en el lugar de stalker, siguiendo tu vida como si fuera el instagram de una celebridad menor de Hollywood que postea cada vez que hace pis. No importa que vos seas una persona normal que no quiere usar facebook para ser admirada a distancia sino para hablar con amigos, ver fotos de los bebés y las mascotas de la gente y, si place a los Hados, levantar. 

Al final te terminás obsesionando vos. ¿Quién es? ¿Qué mierda quiere de mí? ¿Por qué likea TODO? Eso no fue tan gracioso. ¿Me va a hablar? ¿Me quiere hablar? ¿Por qué le gusta la foto de mis amigos que puse en la portada? CORTALA, FAN, ANDATE DE MI VIDA.
Una vez acaecido el stalkerzoneo e identificada la naturaleza específica de este stalker (porque hay muchos tipos de stalker, claro está) tenés dos opciones. 
Una es aceptar el rol que te asignaron y deberte a tu público. Si para él sos sólo una fuente de entretenimiento, para vos él es un masajito en la imagen positiva. 
La otra, la que recomiendan 8 de cada 10 odontólogos, es cortar ese simulacro de un vínculo que nunca existió, especialmente cuando una ya es un poco hoarder vincular. Mejor eliminar, bloquear, o lo que sea, y a otra cosa mariposa.

Galán de los ochenta

La pequeña ginecea tiene un apetito descomunal de ficción y una gran memoria enciclopédica. Ergo, la pequeña ginecea se inicia muy joven en el star system hollywoodense, y antes de empezar a volverse sola en bondi del colegio ya está viciando con E! Entretainment y coleccionando nombres y caras en su cabeza, como en los álbumes de figuritas Cromi que no dejó hace tanto tiempo.

De todos esos personajes que acumula, hay algunos que le caen bien y otros que le caen mal. Y no le gustan los galanes de los ochenta, esos próceres, misteriosamente canónicos. Son feos y musculosos en los lugares incorrectos. Se peinan con fijador. 
Todas las señoras los aman: "Ah, Alec Baldwin... ¡Qué buen mozo!". La pequeña ginecea -tengamos en cuenta que por esas épocas es muy probable que guste de Leo Di Caprio o de un boybandero igualmente rubio- lo mira y lo mira y no entiende nada. No entiende el encanto de este señor extraño, mayor que sus padres (véase: padres). 
Las señoras dicen "Ah, pero cuando tenía 30 años". La pequeña ginecea engancha una película vieja y le parece todo terriblemente grasa. No logra compenetrarse ni 5 minutos con la historia porque la minusa que baila detrás de la persiana americana le parece tan, pero tan aberrante, que cambió de canal en cuanto escuchó el primer saxo porno (véase: saxo porno). 
Las señoras dicen "Nena, si todos los jovatos estuvieran así...". Pero para la pequeña ginecea los sujetos de más de 25 son todos más o menos iguales. Su idea de hombre maduro son los potros de quinto año que, cuando tiene suerte, la chocan por accidente en el pasillo y le dicen "sori" sin mirarla.

Los años no pasan sólo para los galanes de los ochenta. La ginecea va creciendo y su lento despertar erótico-fílmico le permite, muy de a poco, empezar a ver las cosas con nuevos ojos. O mejor dicho, con ojos viejos, porque lo que aprende es a ver las cosas en contexto. Reconoce que el título de galán es histórico, pero también es vitalicio, y eso está bien.
Se pregunta sí, en cierta forma, desear señores también es algo que se aprende. 
Y lo más bello es que admirar a los potros de antaño (y esto no se limita a la década del ochenta, en absoluto) es que en cierta forma se siente más cerca de las señoras que (ahora lo comprende) también fueron adolescentes pajeras, y en el fondo lo siguen siendo. Si tiene un mínimo terreno común con ellas es este: los hombres son re lindos. Y Alec Baldwin se actúa todo. 


Bricolage

Sust. masc. 

Dícese del movimiento que consiste en dar vida a los materiales en un acto creativo, que abarca desde arreglar una puerta con pericia y cuasi perfección valiéndose de plasticola hasta los tejidos y pompones de colores sonoros, las pinturas que paisajean ojos, carteles o tapas de cartón, y las mil maravillas que las manos pueden hacer. Dícese y dícese, de las manos que preparan una mesa, un paquete, o un ecosistema en la cáscara de un huevo que usaron para hacer una omelette.


Brigada ~

Dispersa y desorganizada como sus actividades, la Brigada Bricolage se cimienta sobre una sola convicción, sencilla pero profunda: "pfft, yo puedo hacer eso". 
Tal vez el problema es que el brigadier (o la brigadiera) es un poco rata, y no quiere pagar por la artesanía ajena. Tal vez es una fascinación por los procesos más o menos complejos que hay detrás de las cosas lindas y ricas que nos rodean. Tal vez es el gusto por hacer y ofrecerle a los demás cosas lindas y ricas. Tal vez son las ganas de hacer todo a su imagen y semejanza, caserito, personal.
En una tradición que viene más de McGyver Artemanía que de Utilísima Satelital, una brigadiera (o un brigadier) ha incursionado desde la niñez en papeles, alambres, cartones, arcillas, pinceles, tenazas, pegamentos, mostacillas, telas, tijeras, lanas, maderas, harina, manteca, y pinturitas de toda clase. Tiene un ferretero amigo, una mercería de cabecera, una librería predilecta. Le cuesta horrores tirar cosas a la basura porque presiente que todo, en algún momento, puede llegar a servirle. Hay quien sostiene que sus actividades de bricolage son sólo una manera de encubrir su problema latente de hoarding
No necesariamente tiene mucho talento, muchos recursos, ni mucha técnica, más allá de lo que ha aprendido por prueba y error. Pero intenta igual porque parece fácil, porque los demás lo hicieron y no ve por qué él o ella no.
Con una audacia rayana en la imprudencia, se mete en aprietos. Pero de alguna forma todo termina más o menos bien, todo sale con agua y jabón, y aún en el peor momento, con plasticola o dulce de leche hasta los codos, maldiciendo su hybris y creyendo que realmente va a perecer en alguna catástrofe pringosa, la brigadiera o brigadier es feliz. 

Mosqueteros


Sustantivo, indefectiblemente, masculino; plural. 

Tripla o cuarteta de sátrapas versados en las Bellas Letras -pero, antes que nada, en el chamuyo-, propensos al escabio y a los paseos en changuito de supermercado bien entrada la madrugada. Si aparece la gendarmería en medio del recorrido, despliegan su paleta de gestos y recursos verbales para zafarse de la situación y además, por las dudas, corren. Pero son re valerosos. Y valiosos también. Las gineceas los adoran: les festejan los chistes. Se disfrazan para sus cumpleaños y los invitan a cenar sin rendirse aunque respondan con evasivas o una difusa afirmación porque tienen algo mejor que hacer.

Amén del discurso de la teoría literaria y la literatura moderna, con o sin anteojos, los mosqueteros manejan el discurso del chiste, de la ocurrencia, del gesto cómico, de Ricardo Iorio, del asado, del fútbol, de los video juegos y, con alguna destreza, ese, el discurso amoroso.

Sus remeras tienen temas y manchas de vino. Sus cabezas, más o menos pelo.

Piensan en la autonomía del arte; en la distancia que separa al Orlando Furioso de Xena, la Princesa Guerrera; en la sugerencia erótica de un colchón de lechugas como decorado del porno con enanos; en la posibilidad de ficciones computacionales, rizomáticas, exponenciales, para nada lineales, con hipervínculos.

Son los de Alejandro Dumas. Pero 2.0. Y por eso merecen el respeto de toda ginecea, on earth as it is in Heaven.

Gringo

(Etim. [muy] disc. o del ingl. "green go home!")

sust. m.

No está claro si hablamos de yanquis o de todo género de extranjero. Pero se cree que los que no son rubios y altos y/o hablan lenguas que desciendan del germánico no aplicarían a esta categoría.
Suele haber discusión acerca de qué onda con los gringos. Hay gringófilas y gringófobas, las hay también neutrales, como Suiza. Hay de todo.
Las neutrales no le prestan mucha atención al asunto porque no discriminan.
Las gringófilas no lo son tanto, porque seguro que si se les planta un latino con acento caribeño se prenden a militar el cachengue (véase militar el cachengue), actitud tan propia de las zonas costeñas a la que ellas adscriben siempre, siempre.
Las grigófobas alegan alergias y zarpullido si un gringo se les acerca demasiado. Las informaciones oficiales, sin embargo, comunican que por ahora no se ha comprobado que eso ocurra. Y las neutrales y gringófilas pretenden que aquellas que se dicen grigófobas deberían darle una oportunidad al asunto.

(cont.)